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jueves, 8 de octubre de 2015

Sobre identificar con Jack el Destripador a Conan Doyle

   
 
   
       Haylos quienes creen sospechoso primario a un sifilítico vengador de su contagio; pero aboca este morbo a la visión confusa e inflamaciones articulares, cuando no a parálisis progresiva. No contento con tomar a Colón por Joan Colom i Bertrán (difunto en 1484, según su hijo en un documento notarial vilafranqués), cierto plumífero se atreve a satanizar al novelista de Holmes, al que leí con dieciséis años, fundándose en unas letras que escribió y su infancia traumática; como si no hubiese sido moneda corriente durante la era victoriana la represión sexual, agravante de las siques enfermizas.
    Sobre los cinco asesinatos reconocidos al Destripador, contra prostitutas alcohólicas, de tres de quienes extrajo el útero, ya se pronunció la calígrafa forense Dresbold, que señaló a Francis Tumblety autor de la carta «Desde el infierno», sin firma, acompañada de medio riñón en su paquete. El tal sujeto, un yanqui que visitaba Inglaterra con frecuencia, alardeaba de ser un gran médico, vivió un fracaso matrimonial con una ramera, y fue, probablemente, bisexual, a juzgar por los escándalos públicos que le costaron su arresto en Londres. Incluso llegó a pavonearse de su colección de úteros enfrascados en E.U.A., a la que pidió Scotland Yard en vano su extradición.
    Como las primeras salvajadas las cometió el demente cerca de un matadero, es de suponer que usara un mandil para despistar; pues, en efecto, en el lavadero del patio donde cayó una víctima, se halló uno fregado de cuero. Para cuando los vecinos de Whitechapel se organizaron, garrota en ristre, en comités de vigilancia, es verosímil que —suscribiendo la sospecha del propio Conan Doyle— operase disfrazado de mujer. De hecho, en la vivienda donde su última y más truculenta canallada, se encontraron, entre las cenizas de la chimenea, restos de una falda ajena a la única meretriz joven que degolló, etc. ¿Pudo ser éste el pasional de sus crímenes, cuyo móvil es enigma inexplicado?


sábado, 3 de octubre de 2015

¿Quiénes y por qué mataron a John F. Kennedy?

    

 
    En el punto álgido de la guerra fría, con la «crisis de los misiles» en Cuba, el presidente no sólo gozaba a prostitutas, sino también incluso a espías soviéticas. El creador de Philip Marlowe, Chandler, hubiese escrito descarnadamente que, aquel aciago mediodía en Dallas, durante su último paseo en limusina, recibió J.F.K. un primer tiro tan fallido como la invasión de Cuba por exiliados bajo la C.I.A. (en la que se podría insistir con un magnicidio castrista); el segundo, por su negativa a la intervención directa en Vietnam, a la marrullería del Pentágono de fingir un ataque norvietnamita; y el tercero para... inculpar al «comunista» Oswald, falso desertor de los marines casado en la U.R.S.S.
    En el almacén de libros de texto donde trabajaba, desde el que, cuentan, se atentó, consintió el servicio secreto más de media docena de ventanas abiertas. Si caso de haberlo prudentemente impedido, se colara un mercenario, las primeras sospechas se cernirían sobre alguien de la Agencia. No así si dejara ese alguien aposta un fusil Mannlicher-Carcano con tres casquillos de bala en el sexto piso, mientras se hallaba en el segundo el chivo expiatorio; a quien presentaban tan sandio como para huir sin desmontar el arma homicida y desaparecerla (como se esfumaría el cerebro de Kennedy en un hospital naval).
    La grabación de Zapruder, en película Súper 8, muestra indisputablemente que al hombre de la Alianza para el progreso lo tumbó atrás el embate de una bala dumdum, que le quebró el cráneo, disparada tras el vallado del montículo de hierba, casi frontero del coche.
    Conducido el pobre Lee Harvey Oswald con esposas a la cárcel del condado, pese al cerco policial le asestó un balazo Jack Ruby, un enlace de la mafia de Chicago, que se erigía en redentor (así dijo), sabiéndose al amparo de Nixon, a favor del cual había testificado ya. Cuando se suponía que con ello liquidaba a un partidario de quien a la mafia le vetó las timbas en Cuba, Castro, en realidad acallaba a un agente de la C.I.A., para que no desembuchara, de sobra conociendo esos manejos, que hubieron de disparar sicarios de la mafia europea, no fichados en E.U.A.
     Recuérdese que con Lyndon B. Johnson en el poder, unas patrulleras norvietnamitas «atacan» un destructor norteamericano en el golfo de Tonkín; así que el relevo a Francia en Indochina era ya un hecho.


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