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domingo, 27 de septiembre de 2015

¿Es Dios matemático? La "teoría del todo"

        

   
     De serlo, se adscribió al gremio entre cuyos filósofos se cuentan de los más errados (Descartes, Pascal, Leibniz, Russell...); y ningún gran calculador ha devenido un inventor prolífico, más allá de máquinas aritméticas. Por si fuera poco, Babbage dejó las dos suyas inconclusas.
     Con el mecanicismo newtoniano se prejuzga que un breviario de leyes «fundamentales» explica y predice la variedad de fenómenos naturales, mediante la misma ecuación diferencial para la oscilación pendular o de un resorte. Mas la gran mayoría de problemas afrontados por el ingeniero no se resuelve con una sencilla función conocida, sino que ha de confiar al ordenador aproximaciones numéricas. Encima, en economía rige el teorema demostrativo de que los modelos resolubles no pueden manejar complejidad y tiempo conjuntos: ya se considera un solo individuo a lo largo del tiempo, ya se suponen fuera de éste y en equilibrio los mercados, como si iguales todos los consumidores e industrias.
     Según el nobel Robert  Laughlin, «... en el nivel nuclear —no así en niveles inferiores—, las leyes de la física son simples y directas porque son propiedades de esa fase» [de la materia], y «aunque las simples y absolutas (...) pueden depender de leyes más profundas, al mismo tiempo son independientes de éstas, en el sentido de que seguirían siendo verdaderas incluso si esas leyes de las que derivan cambiaran». Con todo, los físicos de partículas creen poder reconstituir por vía deductiva otro cosmos a partir de doce partículas elementales y cuatro interacciones; pues olvidan que la divisibilidad infinita de la materia se concluye a priori de la del tiempo (que no tiene principio ni fin, sino que toda alfa y omega están en él), como confirma el hecho de que partículas reputadas «elementales» resultaron ser compuestas. Descomponerse en partes el todo no implica que surja de la composición, por cuanto las partes son correlato del todo sin sucesión temporal; es decir, uno y otras se condicionan al unísono.
     A los libros sobre el mundo cuántico, la teoría total y la de cuerdas (cuya verificación exige un acelerador de partículas con diez años luz por diámetro), mejor haría el intelecto vivaz reemplazándolos ventajosamente por novela policíaca, negra o bien de suspense, si  no darlos a la hoguera como maculatura. Quizá por todo ello se atribuya a Einstein la siguiente sentencia:
     «No creo en las matemáticas: Dios integra empíricamente.»

   
      P. S.:  Si bien Pascal se franqueó con Fermat: «... no daría ni dos pasos por las matemáticas (...)», enalteció para aclararse el hombre la religión (con sus dogmas absurdos). Descartes confundió la necesidad lógica con la causal, y creía que Dios hace el tiempo cada segundo. Leibniz soltó la necedad de que vivimos «en el mejor de los mundos posibles», y supuso sincronizadas, cual relojes, la mónada —indivisible— del alma con más del cuerpo. En cuanto a Russell, paría un sistema nuevo por año.

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