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miércoles, 12 de agosto de 2015

Las coincidencias del 11-S

     


    Cuando los dos aviones, con sesenta toneladas de queroseno cada uno, impactaron contra las Torres gemelas, se derrumbaron a plomo, limpiamente, como si con una consola de disparo se hubiese enviado una señal codificada a detonadores electrónicos; explosionados de abajo arriba, para que los escombros amortiguasen el desplome sucesivo de pisos, virtualmente a una velocidad de caída libre. El tiempo de retardo se programa de 1 ms a 20 s, y tales detonadores, hasta 1500 coordinados, son insensibles a antenas de radio, TV, microondas y a la electricidad estática.
    Si fue un cuartelazo de facciosos, un golpe de Estado militar, sus perpetradores se curaron en salud, procurando no dejar cabos sueltos; a saber, fundándolo en que libera la sesentena de toneladas de gasolina el equivalente a unas 900 de TNT, y a que tan precisas detonaciones se podrían tomar por explosiones de combustible en huecos de ascensor, u otros espacios cerrados.
     Al de una demolición controlada, se agrega el parecido de la gran antena sobre la Torre norte con el mástil en aeropuertos, a unos 120 m del eje de pista. Para que halle su ángulo de descenso la aeronave, las antenas en esa vertical emiten haces de AM; como las directivas, a unos 300 m del término, los propios envían para su guía de la dirección. Tuvo en aquella Torre que haber montado un par de operarios el sistema militar portátil de aterrizaje por microondas, con antenas ostensiblemente pequeñas, en unas horas. En la sur, al contrario, chocó muy ladeado el avión, porque le resultaba una pista respecto al mástil.



   
    Fabricados del antibalas Kevlar y fibra de carbono, como los cascos para pilotaje, los aviones penetraron sin deformarse apenas los rascacielos. De la misma forma que, bajo maniobras de un seudosimulacro, los comerciales fueron sustituidos en su ruta por dos drones UAV Global Hawks, teledirigidos por satélites GPS, lo que abrió disparado el agujero del Pentágono entró al sesgo, como mismamente sólo pudo hacerlo un misil mar-tierra desde un submarino sumergido en el Potomac. De hecho, lanzó a radar un código «amigo», y no dañó al estado mayor general. ¿Qué otro, si  no, determinó la intervención en Afganistán, la instalación de bases en las repúblicas del Asia central exsoviéticas y la invasión de Iraq? 
     Es un honor coincidir, sin proponérmelo, con la idea central sobre un ataque de bandera falsa de Amigos absolutos (2003), novela escrita por el especialista en espionaje John le Carré.

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