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martes, 11 de agosto de 2015

De sonidos del pasado y la telequinesia



   
     En Cuarto Milenio, del que son dignos de escuchar los escépticos sin dogmatismo, se comentó el fenómeno por el que en las playas de Normandía (Saint-Laurent, Saint-Aubin...) donde tuviese lugar el famoso desembarco anglonorteamericano (operación Overlord), los bañistas del presente han oído acercarse aquellas barcazas y aun su artillería.
    A través del mar, el sonido viaja sin pérdidas y 4,46 veces más rápido que por el aire a temperatura media. Por ello, se perciben las revoluciones de la hélice de una fueraborda lejana más distintamente que en seco. Así como al llegar la primavera a ríos y lagos congelados, el hielo se resquebraja (cuanto más se desnuda el suelo, tanto mayor calor absorbe), con un estrépito tal que es sentido a no pocos kilómetros, gritos como los de ballena pueden recorrer el millar.
    No es preciso acudir a los que fueron campos de batalla, las páginas más sangrientas de la historia, sino que basta con fijarse en los tan sólo ensayos de la más terrorífica arma concebida por el hombre: horas tras un estallido nuclear submarino en el Pacífico, por las repetidas reflexiones de las ondas en esas islas, son detectadas señales de baja frecuencia en California.




    En otro orden de cosas, cualquiera puede aparentar el poder de la telequinesia, debido al mismo motivo por que un bolígrafo bien frotado con un paño atrae trocitos de papel. El pretendido milagrero se valdrá de objetos que mover a distancia aislantes (de vidrio, madera, plástico...), que se electrizan por frotamiento, alegando no esconder en parte alguna imanes. Debe deambular por una espesa alfombra de acrílico, frotarse las manos de continuo en tiempo frío y seco (el aire no nos descarga), electrizarse el cabello las mujeres cepillándolo, etc.
   Con la teatralidad del histerismo, además del antedicho truco, Nina Kulagina incluía en su repertorio la detención mediante su fuerza psíquica del corazón de una rana. Se aprende en la educación primaria que, con los fríos invernales, tanto reptiles como anfibios se aletargan enterrados; luego es cuestión de elegir la rana que por sí sola suspenda sus latidos, como la de bosque (lithobates sylvaticus).
 

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